La búsqueda de la verdad en el arte.
Es difícil poder valorar con criterio una
disciplina si no eres experto en ella. La perfección con la que está construido
un puente, la precisión con la que está cosida una herida o la calidad de los
peces pescados. Podemos aproximarnos por comparación, pero muy probablemente
acabemos guiándonos por criterios subjetivos que nada tienen que ver con la
verdad.
En el arte esto es muy común y sucede porque
no hay consecuencias. Si, por ejemplo, un edificio no está bien construido,
tarde o temprano aparecerán señales de ello, si un profesor no enseña bien su
materia los niños no aprenderán. Sin embargo, un mal cuadro o un tema nefasto
no tendrán mayor consecuencia, gustará o no gustará.
Como no somos capaces de distinguir lo bueno
de lo malo nos dejamos llevar por sensaciones fugaces o, aún peor, por el
criterio de aquellos que dicen ser expertos pero que nunca han creado arte (en
realidad, son como nosotros, pero con más teoría a sus espaldas).
Hay quien cree que no se necesita saber que
arte es bueno o malo, simplemente tiene que gustarte. Yo, sin embargo, creo que
igual que un buen cocido alimenta y nutre nuestro organismo, del mismo modo una
buena obra nos colma el espíritu.
Es, pues, decisión de cada quien perjudicar
al cuerpo o al espíritu o, por el contrario, cuidarlos como se merecen.



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